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“Para que pueda beberse” – Artículo de opinión de Francisco Caro sobre la novela de Miguel Galanes ‘Cauce de la desolación’ · Ediciones C&G ·2017

Francisco Caro y Miguel Galanes en la presentación de Cauce de la desolaciónFrancisco Caro · Daimiel (Ciudad Real) · Hace justo 31 años, 1986, que el Guadiana de los Ojos vio surgir sus últimas aguas. Los mismos que vio crecer su primer fuego. Once años después, en 1997, apareció un libro de poemas mítico: Añil. De él, un poema con verticalidad de hilo quedó en la memoria dañada de los manchegos de entonces para no olvidarse jamás. Aquel que decía Esto fue un río/ esto fue un/ esto fue/ esto/ es/ el cauce de la desolación. Su autor, vuestro, nuestro, Miguel Galanes, el poeta que conocen, el crítico que saben, y desde hoy, aquí lo inauguramos, el novelista que se necesitaba. Decididamente novelista. Narrador a conciencia plena.

Los cristos olvidados

Natividad Cepeda SerranoNatividad Cepeda · Se ha ido quedando en la penumbra con los ojos cerrados sin que lo que hay junto a él le interese. Día tras día su voz se ha ido apagando como si le faltara aceite en el candil de su cuerpo gastado. Apenas si mira la luz del día cuando amanece y él está levantado, recorriendo el pasillo con pasos vacilantes. Tantea la puerta, la pared y quiere andar sin el bastón…hay veces que consigue llegar a su sillón, a la cocina o al baño; otras veces se derrumba y cae como un cristo vencido y dolorido por el peso de la edad: Por los años que le han dejado los ojos cubiertos de noche impenetrable, vive esa noche oscura de la que nos habla Juan de la Cruz. Le preguntamos, todos le preguntamos por el pasado y todavía su memoria resucita pasajes vividos, momentos de ese viaje grandioso que es la vida. Mamá lo mira pesarosa y se le escapa una lágrima que oculta con su mirada entretenida en leer un libro o en ver programas televisivos de los que hacen preguntas. O mueve la cabeza impotente porque ya nada puede hacer por el compañero que ama por encima del tiempo, de las arrugas y la devastación inmisericorde de la vejez. Todos lo queremos. Hasta los pequeños biznietos se despiden del Yayo con un beso y él, con sus manos los acoge como si fueran preciosas y frágiles figuras de cristal de Murano. Nos duele a todos verlo tan débil. Y sabemos que no hay cuenta adelante y nos sigue doliendo como si tuviéramos una espina clavada en el centro del pecho.