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El maestro del mechón blanco

Carlos Santos-Ruiz Rodríguez-Arias · En 1946, empezó la leyenda de un hombre que se vistió de luces durante cincuenta y cuatro años, amando su profesión, hasta su último respiro. Más de cuarenta años, con retiradas y apariciones. Antonio Chenel  Albadejo, ha sido muy querido por la gente que formamos la tauromaquia. La afición de Madrid, le ha querido especialmente, siendo maestro de maestros de la capital del toreo.

Se habla de “Atrevido”, toro blanco de Osborne, al que dio sesenta muletazos, con esas manos prodigiosas, que conseguían el arranque de un olé, que hacía temblar los tendidos. Pero, para gran faena, la que realizó al astado de Garzón, llamado “Cantinero” en 1985, en la plaza de toros de Las Ventas.  Tarde, donde se demostró pureza y perfección a una lidia nada fácil.

Antoñete, ha sido un virtuoso de la técnica torera, capaz de triunfar a una edad inverosímil, delante del cuajadísimo toro que exige Madrid. Ha sido caracterizado por el valor, porque la verdad es que hay que tenerlo, para recibir un toro a unos veinte metros de distancia a la edad de sesenta y cinco años. Ha recibido la medalla de las bellas artes, galardón más que merecido, a un hombre que lo ha dado todo en el albero. El historiador taurino Delgado de la Cámara, le describe de la siguiente forma: “cruzado, pecho afuera, pierna para adelante, pero toreo ligado, en el sitio de Manolete.” Es un torero de clase, con la estética de Juan Belmonte, la media verónica del Pasmo de Triana y la técnica de Manolete. Con poco esfuerzo, ha sabido templar largas embestidas, que conseguían que viésemos un toreo a cámara lenta.

Ante los ataques, que sufrimos en nuestra fiesta nacional, el maestro afirmaba lo siguiente: “nadie quiere más al toro que los propios toreros. Nosotros, los toreros, transformamos en belleza ese amor por el toro a través de las faenas. Nadie defenderá más al propio toro de lidia que los toreros, por encima de otras muchas cuestiones.”

Tras la pérdida del gran matador de toros, tuve la oportunidad de darle mi último adiós, en su segunda casa, la plaza de toros de Las Ventas. Despedida a un hombre humilde, con un corazón poderoso y una sabiduría formidable. Una gran multitud le acompañamos, mientras sus compañeros de profesión le sacaban como debe ser, por la puerta grande, por esa puerta que nunca olvidará al del mechón blanco.

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